Por José Manuel Sánchez – Ganasalud
En el artículo anterior vimos que dormir mal no solo provoca cansancio. También puede hacer que el sistema nervioso sea más sensible y que el dolor aumente.
Hoy vamos a hablar del segundo factor que influye de forma importante en el dolor persistente:
el estrés.
Y no, no porque «todo esté en la cabeza».
Sino porque el cerebro y el sistema nervioso utilizan el estrés como una información más para decidir cuánto necesitan protegernos.
El estrés es una respuesta de supervivencia
Cuando hablamos de estrés solemos pensar en trabajo, prisas o preocupaciones.
Pero desde el punto de vista biológico, el estrés es mucho más que eso.
Es una respuesta que el organismo pone en marcha cuando interpreta que existe una amenaza.
En ese momento ocurren muchos cambios de forma automática:
- Aumenta la frecuencia cardíaca.
- La respiración se acelera.
- Los músculos se preparan para actuar.
- Se liberan hormonas como el cortisol y la adrenalina.
- El cerebro se vuelve más vigilante.
Todo esto tiene un objetivo muy claro:
ayudarnos a sobrevivir.
El problema no es el estrés.
El problema es permanecer demasiado tiempo en estado de alerta.
Cuando el sistema de alarma nunca termina de apagarse
Nuestro organismo está preparado para afrontar momentos de estrés.
Después, necesita volver al equilibrio.
Sin embargo, cuando las preocupaciones, la sobrecarga laboral, la incertidumbre o el propio dolor se mantienen durante semanas o meses, el sistema nervioso puede permanecer activado más tiempo del necesario.
Es como si la alarma de una casa permaneciera encendida incluso cuando el peligro ya ha pasado.
En ese contexto, el cerebro interpreta con mayor facilidad que cualquier señal del cuerpo puede ser una amenaza.
Y una de las respuestas protectoras más frecuentes es el dolor.
Estrés y dolor: una relación en ambos sentidos
Las personas que conviven con dolor persistente suelen describir una situación muy conocida:
Cuanto más estrés tienen…
más les duele.
Y cuando el dolor aumenta…
también aumenta el estrés.
Esto no es casualidad.
La relación entre ambos funciona en las dos direcciones.
El estrés puede aumentar la sensibilidad del sistema nervioso.
Y vivir con dolor durante mucho tiempo también supone una fuente importante de estrés para el organismo.
Con el tiempo puede aparecer un círculo difícil de romper.
Más estrés → mayor sensibilidad → más dolor → más estrés.
No todo el mundo responde igual
Dos personas pueden vivir una situación parecida y responder de forma completamente diferente.
¿Por qué?
Porque el estrés no depende únicamente de lo que ocurre, sino también de cómo el organismo interpreta esa situación.
Influyen muchos factores:
- Experiencias previas.
- Apoyo social.
- Descanso.
- Estado emocional.
- Actividad física.
- Recursos para afrontar las dificultades.
Por eso hablamos del ya tan mencionado modelo biopsicosocial.
El dolor no depende de un único factor, sino de la interacción de muchos elementos que cambian continuamente.
Reducir el estrés no significa eliminar todos los problemas
A menudo pensamos que para encontrarnos mejor deberíamos vivir sin preocupaciones.
Pero eso no es realista.
El objetivo no es eliminar el estrés por completo.
El objetivo es ayudar al sistema nervioso a salir con mayor frecuencia del modo alerta.
Moverse, dormir mejor, mantener relaciones sociales, realizar ejercicio físico adaptado o disponer de momentos de descanso son algunas de las herramientas que favorecen esa regulación.
Una idea importante
Lo que sabemos hoy es que un sistema nervioso sometido a estrés prolongado puede responder con una mayor sensibilidad. Comprender esta relación no busca culpabilizar a quien tiene dolor, todo lo contrario.
Nos ayuda a entender que, además de cuidar músculos y articulaciones, también merece la pena cuidar el contexto en el que nuestro sistema nervioso funciona cada día.
Próximo artículo
En la siguiente publicación cerraremos esta pequeña serie hablando del tercer gran modulador del dolor:
el entorno.
¿Cómo influyen el trabajo, la familia, el apoyo social o incluso los mensajes que recibimos sobre nuestro cuerpo en la experiencia del dolor?
Lo veremos en el próximo artículo.
Referencias
McEwen, B. S., & Akil, H. (2020). Revisiting the Stress Concept: Implications for Affective Disorders. Journal of Neuroscience.
Moseley, G. L., & Butler, D. S. (2017). Explain Pain Supercharged. NOI Group Publications.
Nijs, J., Lahousse, A., Kapreli, E., et al. (2021). Treatment of central sensitization in patients with chronic pain. Expert Opinion on Pharmacotherapy.
Sapolsky, R. M. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. Holt Paperbacks.
Vlaeyen, J. W. S., Crombez, G., & Linton, S. J. (2016). The fear-avoidance model of pain. Pain.
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