Por Cristian García Martínez. Técnico de GanaSalud.

 

Durante mucho tiempo el músculo se ha asociado casi exclusivamente con la estética. En el imaginario colectivo, tener más masa muscular suele relacionarse con verse más fuerte, más atlético o más definido. Sin embargo, reducir el músculo a una cuestión visual es quedarse solo con la parte superficial del asunto. En realidad, el tejido muscular es uno de los órganos más importantes para la salud metabólica, la prevención de enfermedades y la calidad de vida a largo plazo.

Podríamos decir que el músculo es algo así como una “central de regulacióndentro del organismo. No solo permite moverse, levantar objetos o mantener la postura. También participa de forma activa en procesos clave como el control del azúcar en sangre, la regulación de la inflamación, la protección frente a enfermedades crónicas o el mantenimiento de la independencia funcional a lo largo de los años.

De hecho, cada vez más investigaciones en fisiología y medicina preventiva coinciden en algo: cuidar y mantener la masa muscular puede ser una de las decisiones más importantes que una persona puede tomar para proteger su salud a largo plazo.

 

El músculo como regulador metabólico

Una de las funciones menos conocidas del músculo es su papel en el metabolismo de la glucosa. Después de una comida, una parte importante de la glucosa que circula por la sangre debe almacenarse o utilizarse para evitar que los niveles de azúcar se mantengan elevados durante demasiado tiempo.

Aquí es donde el músculo juega un papel protagonista.

Aproximadamente entre el 70 % y el 80 % de la glucosa procedente de una comida puede almacenarse en el músculo en forma de glucógeno. Esto significa que el tejido muscular actúa como una especie de “depósito energético” capaz de retirar azúcar de la sangre y guardarla para utilizarla más tarde.

Una forma sencilla de imaginarlo es pensar en el músculo como un gran aparcamiento. Cuando comes, la glucosa sería como una gran cantidad de coches que entran en la ciudad. Si existen muchos aparcamientos disponibles (músculo activo y abundante), los coches pueden estacionar sin problema. Pero si el número de plazas es pequeño (poca masa muscular o músculo metabólicamente inactivo), esos coches se quedan dando vueltas por la ciudad, generando tráfico y problemas.

Ese “tráfico metabólico” es precisamente lo que ocurre cuando la glucosa permanece demasiado tiempo elevada en la sangre. Con el tiempo, esta situación favorece la aparición de resistencia a la insulina y aumenta el riesgo de desarrollar problemas metabólicos.

Por este motivo, las personas con mayor masa muscular y mayor actividad física suelen tener una mejor regulación de la glucosa y un menor riesgo de desarrollar enfermedades metabólicas.

 

Más músculo, menor riesgo de enfermedad

El músculo no solo participa en el control del azúcar en sangre. Su influencia sobre la salud es mucho más amplia.

Numerosos estudios han observado que las personas con mayor masa muscular o mayor fuerza presentan menor riesgo de padecer diferentes enfermedades crónicas. Entre ellas destacan la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares, el deterioro cognitivo o los problemas asociados a la fragilidad y las caídas.

Esto ocurre porque el músculo no es simplemente un tejido mecánico, sino también un tejido endocrino. Cuando se contrae durante el ejercicio libera una serie de moléculas llamadas mioquinas, que actúan como mensajeros químicos y tienen efectos beneficiosos en diferentes órganos del cuerpo.

Algunas de estas señales ayudan a mejorar la sensibilidad a la insulina, otras reducen procesos inflamatorios y otras parecen tener efectos positivos sobre el cerebro y el sistema nervioso.

En otras palabras, cuando los músculos trabajan no solo se fortalecen ellos mismos. También envían señales que mejoran el funcionamiento de muchos otros sistemas del organismo.

 

El músculo como reserva funcional

Existe otro aspecto fundamental que muchas veces pasa desapercibido: el músculo funciona como una reserva funcional.

Con el paso de los años es normal que el cuerpo vaya perdiendo cierta cantidad de masa muscular. Este proceso, conocido como sarcopenia, puede comenzar de forma lenta a partir de los 30 o 40 años y acelerarse con el envejecimiento, el sedentarismo o determinadas enfermedades.

El problema aparece cuando esa pérdida de músculo alcanza niveles que empiezan a afectar a la capacidad para realizar actividades cotidianas.

Acciones aparentemente simples como levantarse de una silla, subir escaleras, cargar bolsas de la compra o mantener el equilibrio dependen en gran medida de la fuerza muscular. Cuando esta disminuye demasiado, aumenta el riesgo de caídas, fracturas y pérdida de independencia.

Por eso algunos especialistas utilizan una analogía muy clara: el músculo funciona como una especie de “fondo de ahorro biológico”. Cuanto mayor sea esa reserva acumulada durante la vida adulta, más margen tendrá el organismo para afrontar el paso del tiempo sin perder autonomía.

No se trata solo de vivir más años, sino de poder vivirlos con capacidad de movimiento, energía y autonomía.

 

Músculo y salud cerebral

Aunque pueda parecer sorprendente, el músculo también tiene una relación importante con la salud del cerebro.

El ejercicio físico, especialmente el entrenamiento de fuerza y el trabajo muscular, se ha asociado con mejoras en la función cognitiva, la memoria y la protección frente al deterioro relacionado con la edad.

Parte de este efecto se explica porque el ejercicio mejora la circulación sanguínea y el suministro de oxígeno al cerebro. Pero también porque algunas mioquinas liberadas por el músculo parecen influir directamente en procesos de neuroplasticidad y salud neuronal.

Dicho de forma sencilla: cuando los músculos trabajan, el cerebro también se beneficia.

Por eso cada vez es más frecuente escuchar a algunos investigadores referirse al músculo como un auténtico “órgano protector” del organismo.

 

Cómo aplicarlo en la vida real

Entender la importancia del músculo es solo el primer paso. La clave está en traducir ese conocimiento en hábitos sostenibles que permitan mantener y desarrollar la masa muscular a lo largo del tiempo.

Uno de los pilares fundamentales es el entrenamiento de fuerza. Este tipo de ejercicio consiste en aplicar resistencia a los músculos para estimular su adaptación. No es necesario que se trate de entrenamiento extremo ni exclusivo de gimnasios. Puede realizarse con peso corporal, con máquinas, con mancuernas o incluso con bandas elásticas. Se recomienda al menos 3 días a la semana, aunque se ven mejoras también con menos sesiones.

Lo importante es que el músculo reciba un estímulo suficiente como para activarse y adaptarse. Cuando esto ocurre, el cuerpo interpreta que necesita mantener o aumentar ese tejido porque resulta útil.

Además del trabajo de fuerza, el ejercicio cardiovascular también tiene un papel relevante. Actividades como caminar a buen ritmo, montar en bicicleta o nadar contribuyen a mejorar la salud del sistema cardiovascular, la eficiencia metabólica y la capacidad aeróbica. Al menos dos veces a la semana, aunque se recomienda todos los días aunque sea una intensidad menor.

Otro factor clave es la alimentación, especialmente la ingesta de proteínas. Las proteínas proporcionan los aminoácidos necesarios para reparar y construir tejido muscular. Sin una cantidad suficiente de este nutriente, el proceso de mantenimiento y desarrollo muscular se vuelve mucho más difícil. Se recomienda una dosis de proteína de 1,6g de proteína por kilo del individuo.

El descanso también desempeña un papel esencial. Durante el sueño se producen numerosos procesos de recuperación y regulación hormonal que influyen directamente en la capacidad del organismo para adaptarse al entrenamiento.

Dormir bien no solo mejora la energía y la concentración, también facilita que el cuerpo repare y fortalezca los tejidos. Se recomiendo unas 7 u 8 horas de descanso de calidad, manteniendo una buena higiene del sueño como ya he mencionado en otros artículos.

Por último, es importante entender que cuidar la masa muscular no es algo que deba hacerse solo durante una etapa concreta de la vida. No es un objetivo temporal, sino una estrategia de salud a largo plazo.

Al igual que se invierte en educación, en bienestar o en prevención médica, invertir en mantener el músculo activo y funcional es una de las decisiones más inteligentes para proteger la salud futura.

 

Una inversión en longevidad

En definitiva, el músculo es mucho más que un elemento estético o deportivo. Es un tejido con una enorme influencia sobre el metabolismo, la prevención de enfermedades, la movilidad y la calidad de vida.

Pensar en el músculo como un órgano protector ayuda a cambiar la perspectiva. Ya no se trata solo de entrenar para verse mejor, sino de hacerlo para que el cuerpo funcione mejor durante más tiempo.

Cuidar los músculos hoy es, en cierto modo, una forma de cuidar a la persona que seremos dentro de veinte o treinta años. Porque cuando los músculos se mantienen activos, fuertes y funcionales, no solo protegen el movimiento. También protegen la salud.

 

Referencias bibliográficas

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