Por José Manuel Sánchez – Ganasalud
En los artículos anteriores hemos visto que el dolor no siempre refleja daño, que el sistema nervioso puede volverse más sensible y que el cerebro desempeña un papel central en esta experiencia.
Sin embargo, aún queda una cuestión clave por abordar:
¿Por qué el dolor puede mantenerse durante meses o años, incluso cuando los tejidos están recuperados?
Una parte fundamental de la respuesta se encuentra en cómo interpretamos el dolor, dónde dirigimos nuestra atención y qué creencias tenemos sobre nuestro cuerpo.
El miedo: cuando protegerse mantiene el problema
Sentir miedo ante el dolor es una respuesta lógica. El dolor es una señal de alarma como ya hemos visto y, como tal, invita a la precaución. El problema aparece cuando ese miedo persiste más allá de la fase de curación tisular.
En el contexto del dolor persistente se ha estudiado ampliamente el concepto de kinesiophobia, definido como el miedo excesivo e irracional al movimiento por la creencia de que puede causar daño o empeorar el dolor.
El modelo de miedo-evitación propuesto por Vlaeyen y Linton describe cómo:
- El dolor se interpreta como amenazante
- Aparece el miedo al movimiento
- Se reduce la actividad física
- Aumentan la discapacidad y la hipervigilancia

Numerosos estudios han mostrado que el miedo al movimiento se asocia más fuertemente con la discapacidad, la limitación funcional y la cronificación del dolor que con el daño estructural en sí.
Por ejemplo:
- Vlaeyen et al. (1995) observaron que el miedo al movimiento era un predictor más potente de discapacidad que la intensidad del dolor.
- Crombez et al. (1999) demostraron que las personas con mayor miedo evitaban actividades incluso cuando no existía evidencia de daño.
- Leeuw et al. (2007) confirmaron que la kinesiophobia se relaciona directamente con peor pronóstico en dolor lumbar crónico, independientemente de los hallazgos estructurales.
Esto refuerza una idea clave:
no es el movimiento lo que mantiene el dolor, sino la interpretación de peligro asociada a ese movimiento.
La atención: cuando el cuerpo se convierte en una amenaza constante
El dolor no solo se procesa; también se prioriza. El sistema nervioso decide qué señales merecen atención y cuáles pueden ignorarse.
Cuando una zona corporal se convierte en el foco constante de vigilancia, el cerebro amplifica cualquier sensación procedente de ella. Este fenómeno explica por qué:
- El dolor suele aumentar en situaciones de estrés, fatiga o incertidumbre.
- Disminuye cuando la atención se dirige hacia tareas significativas o entornos seguros.
- Se intensifica cuando existe una monitorización constante del cuerpo.
Desde la neurociencia se sabe que la atención modula la actividad en áreas cerebrales implicadas en el dolor, como la ínsula y la corteza cingulada anterior. Un sistema nervioso en estado de alerta no necesita daño activo para producir dolor; necesita sospecha de amenaza.
Creencias: el significado del dolor importa
Las creencias sobre el cuerpo y el dolor actúan como un marco interpretativo para el sistema nervioso. No son simples pensamientos, sino expectativas que influyen en la respuesta biológica.
Mensajes como:
- “El médico me ha dicho que piscina y nada de pesas”
- “Esto es degenerativo”
- “Si me muevo, me voy a lesionar”
- “Este dolor ya es para siempre”
preparan al organismo para protegerse, limitar el movimiento y aumentar la vigilancia.
Autores como Arturo Goicoechea han descrito cómo el cerebro construye una narrativa de amenaza a partir de experiencias previas, diagnósticos, lenguaje clínico y contexto social. En la misma línea, Álvaro Bilbao subraya el papel de las expectativas y el aprendizaje en la persistencia del dolor.
Aquí aparece el denominado efecto nocebo, por el cual una información o creencia negativa incrementa los síntomas, incluso en ausencia de cambios físicos.
El cerebro actúa en función de lo que cree que va a suceder, no solo de lo que está sucediendo.
El círculo del dolor persistente
Cuando miedo, atención y creencias se retroalimentan, se establece un bucle difícil de romper:

Este proceso no implica que el dolor sea imaginado ni exagerado. El dolor es real. Lo que ocurre es que el sistema nervioso ha aprendido a proteger de forma excesiva.
Próximo artículo
Si el miedo y la evitación mantienen el dolor, la siguiente pregunta es inevitable:
¿Y si moverse no fuera peligroso?
En el próximo artículo abordaremos cómo reaprender el movimiento con dolor, recuperar la confianza corporal y utilizar el ejercicio como una herramienta terapéutica basada en seguridad y progresión.
Referencias
- Crombez, G., Vlaeyen, J. W. S., Heuts, P. H. T. G., & Lysens, R. (1999). Pain-related fear is more disabling than pain itself: Evidence on the role of pain-related fear in chronic back pain disability. Pain, 80(1–2), 329–339.
- Leeuw, M., Goossens, M. E. J. B., Linton, S. J., Crombez, G., Boersma, K., & Vlaeyen, J. W. S. (2007). The fear-avoidance model of musculoskeletal pain: Current state of scientific evidence. Journal of Behavioral Medicine, 30(1), 77–94.
- Vlaeyen, J. W. S., Kole-Snijders, A. M. J., Boeren, R. G. B., & van Eek, H. (1995). Fear of movement/(re)injury in chronic low back pain and its relation to behavioral performance. Pain, 62(3), 363–372.
- Goicoechea, A. (2023). El dolor crónico no es para siempre. Vergara.
- Bilbao, Á. (2022). ¡Joder, cómo duele!. Plataforma Editorial.
- Moseley, G. L., & Butler, D. S. (2015). Explain Pain Supercharged. Noigroup Publications.
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